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Javier Marías nació en Madrid 1951. Licenciado en Filosofía y Letras. Fue profesor de literatura en la Universidad inglesa de Oxford, en el Wellesley College de Massachusetts (Estados Unidos) y en la Universidad Complutense de Madrid.

Su labor literaria comenzó en 1971 con la publicación de Los dominios del lobo, a la que siguieron Travesía del horizonte (1972), El monarca del tiempo (1978), El siglo (1983), El hombre sentimental (1986), Todas las almas (1989), Corazón tan blanco (1992) y Mañana en la batalla piensa en mi (1994) y Negra espalda del tiempo (1998). Sus libros están traducidos a 22 lenguas y se han han vendido más de dos millones de ejemplares en todo el mundo.

En una encuesta llevada a cabo por el diario EL PAÍS entre cerca de sesenta críticos, escritores y editores Todas las almas fue considerada la segunda mejor novela española publicada entre 1975 y 1991.

También ha publicado varios libros de relatos, entre los que destacan Mientras ellas duermen, Cuando fui mortal, Mala índole y Salvajes y sentimentales.

Ha sido, asimismo, traductor de varios autores de lengua inglesa como Thomas Hardy, Joseph Conrad, R.L.Stevenson, William Faulkner, Vladimir Nabokov, William B. Yeats. Una de ellas, Tristram Shandy de Laurence Sterne, obtuvo el Premio Nacional de Traducción en 1979.

Miembro de The Ghost Story Society (Asociación de los cuentos de fantasmas) y de The Arthur Machen Society, Javier Marías ha sido distinguido con los premios Nelly Sachs, Ennio Flaiano, Premio de la Crítica, Prix Lóeil et la lettre, IMPAC International Dublín Literary Award, premio Comunidad de Madrid, Fastenrath de la Real Academia Española, Ciudad de Barcelona Alberto Moravia, Grinzane Cavour y Mondello Citá de Palermo.
Una buena parte del mundo, y en ella está incluida la sociedad española, parece vivir no ya en indignación permanente, sino –lo que es más inexplicable y grave– en perpetuo estado de indignabilidad, si la expresión se me permite. Sin duda hay siempre motivos para enfadarse y descorazonarse, no digamos para irritarse. Pero, si se piensa en lo que lleva visto el mundo, sobre todo en el siglo XX que ni siquiera ha acabado del todo, se hace difícil comprender que hoy haya tantísima gente dispuesta a saltar, hecha una fiera, por causas comparativamente menores. Hasta cierto punto es como si se hubieran invertido los términos: se da enorme importancia a lo que apenas la tiene, y a lo que sí no se le da apenas. Y como por fortuna la gran mayoría de las cosas que ocurren en la cotidianidad son de poca monta, el resultado es que andamos encolerizados todo el día. Un ejemplo reciente de esta inversión es el de la famosa crisis de las viñetas de Mahoma: muchas más personas se han rasgado las vestiduras y se ha gastado mucha más tinta por su remota publicación en Dinamarca, que por la muerte violenta de decenas de manifestantes contrarios a ellas, en varios países musulmanes. Se ha prestado infinitamente más atención a la tontería y al símbolo, que en sí mismos no han matado a nadie, que a las numerosas vidas concretas estúpidamente perdidas.En España se intenta a diario, y se logra en cierta medida, que los ciudadanos se indignen por cualquier cosa. Si uno atiende a los políticos (sobre todo a los del Partido Popular enfermizo) y a los periodistas (sobre todo a los que le azuzan su enfermedad de la rabia), da la impresión de que cada mañana nos despeñamos por un precipicio. De ser así hace ya tiempo que nos habríamos estampado contra el suelo, porque no hay abismo en el mundo que permita una caída tan larga. Un locutor matutino y declaradamente catalanófobo, del que es difícil dilucidar si es más tonto que malvado o más malvado que tonto, da los malos días a sus oyentes destilando espuma sobre el micrófono, abominando de medio Madrid y de Barcelona entera, instándolos a enfurecerse y anunciando inminentes cataclismos … que al final de la jornada jamás se han cumplido. Como profeta es un desastre, y su voz sienta fatal al hígado, pero aun así no son pocos los compatriotas que se desayunan con semejante plato insalubre. Les provoca placer indignarse por contagio, y uno de los mayores motivos es oír que, en lo referente al terrorismo de ETA, estamos peor que nunca. Es decir que, tras casi tres años sin que esa mafia haya asesinado a nadie (el porqué es aquí secundario: el hecho fundamental es que no ha habido muertos), la situación es peor que cuando se cargaba a cinco, diez, veinte u ochenta personas por año. Está claro que quienes eso afirman desean una vuelta a aquellos números, quizá para indignarse más a gusto. No deberían ser tan egoístas, y en ese plural queda incluido, por desgracia, el actual Presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, quien, con sus exageraciones histéricas, o mendacidades, está consiguiendo la hazaña y cometiendo la vileza de hacer que sus representados empiecen a resultar antipáticos, cuando han sido –y pese a él seguirán siendo– quienes más simpatía y solidaridad merecen.